De colonizadores a residenters. Los españoles ante la transición imperial en Filipinas

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De colonizadores a residenters. Los españoles ante la transición imperial en Filipinas

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Florentino Rodao

 

Universidad Complutense de Madrid

En Elizalde, Mª Dolores y DELGADO, Josep. Mª (eds.), Filipinas, Un país entre dos imperios. Serie General universitaria 119. Barcelona, Bellaterra, 2011, pp. 251-297.

 
Los españoles en Filipinas vivieron una situación paradójica en los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX. En apenas unos años sufrieron un cambio radical ya que pasaron de ser la comunidad del país colonizador a convertirse en simples residentes en una colonia extranjera. Sin embargo, nunca tuvieron una situación marginal, sino que siguieron desempeñando un papel importante en la sociedad de las islas, mucho más allá de los límites que les correspondía como un reducido grupo de ciudadanos de un país situado a miles de kilómetros de distancia del archipiélago filipino. Los eventos externos que más impactaron sobre los españoles, tales como la revolución filipina, la guerra con Estados Unidos, el conflicto filipino-norteamericano y los inicios de una nueva administración colonial, no modificaron sustancialmente las principales características de la comunidad española en el archipiélago, forjadas a lo largo de los muchos años de dominación, en especial su grado de imbricación dentro de la sociedad filipina. En ese contexto, este trabajo analiza la evolución de la comunidad española a lo largo de esos años cruciales entre dos imperios, trazando los elementos de continuidad y ruptura.

 

De la conversión al beneficio

 
En las últimos décadas de la colonización española, los caracteres de los españoles que vivían en Filipinas se transformaron, al cambiar también tanto el contexto mundial, como el de España o el del propio archipiélago. Las posibilidades de los españoles para acceder al archipiélago, para asentarse definitivamente y para progresar allí ayudaron a resituarlo como una colonia de primer orden. Los adelantos que permitieron la expansión colonial tuvieron un impacto decisivo también en Filipinas a partir de la segunda mitad del siglo XIX, en especial por el auge de la navegación a vapor y la apertura del Canal de Suez, que redujeron el drásticamente el coste y el tiempo del traslado entre colonia y metrópoli: una carta entre Madrid y Manila podía tardar apenas un mes y una semana en el año 1890. 1 Las reformas coloniales también facilitaron el crecimiento de la comunidad española, porque la mayor estabilidad política, la centralización del poder político y el final de los raids musulmanes en las zonas costeras favorecieron su expansión y su instalación definitiva por todo el archipiélago. Aumentaron en especial las migraciones hacia el sur, incluida la isla de Mindanao. Esas facilidades para asentarse en Filipinas coincidieron con la revolución demográfica en Europa del sur, al declinar las muertes por enfermedad y aumentar el excedente de población. De tal forma, los factores de repulsión coincidieron con los de atracción y Filipinas recibió, en definitiva, en la segunda mitad del siglo XIX, una ola de inmigrantes españoles, pequeña en términos relativos, pero bastante significativa y muy poco estudiada por la historiografía.

 
El censo elaborado por el Arzobispo de Manila en 1876 indicaba que en ese año residían en la ciudad un total de 38.248 españoles, cantidad que en 1894 se había incrementado a 75.554 personas. De acuerdo con los censos de principios del siglo XX, más de la mitad de los españoles vivía en Manila, mientras que el resto se distribuía por distintas provincias, especialmente por Negros, Camarines, Albay, Cebú, Iloilo, Isabela, Leyte y Sorsogón. La ciudad de Cebú reflejó ese cambio sustancial: en 1833, su Obispo se lamentaba de que «no hay en Zebú Españoles, o hay poquísimos»; en 1856 ya eran 22 los residentes españoles (18 de los cuales eran peninsulares y 17 estaban inscritos); en 1870 el número se había elevado a 224 (76 peninsulares); y en la década de los 90 había ya cerca de 700 residentes españoles. 2

 

La conquista económica

 
En las últimas décadas del XIX, los motivos económicos por primera vez fueron determinantes en la presencia española. La administración colonial se extendió por las islas, al igual que la presencia misional, porque a junto al arzobispado de Manila, y los cuatro obispados sufragáneos (Nueva Segovia, Nueva Cáceres, Cebú y Jaro), 3 volvieron a estar presentes las cinco órdenes religiosas originarias: tras su regreso definitivo en 1859, después de haber sido expulsados en 1768, los Jesuitas (1581) se volvieron a unir a los Agustinos Calzados (1565), Recoletos (1606), Dominicos (1587) y Franciscanos (1577). Además, en parte por las dificultades en otros lugares, como la independencia de Santo Domingo o la insurrección en Cuba, se asentaron en el archipiélago nuevas órdenes religiosas, como los Capuchinos (1886, en Micronesia) o los Benedictinos (1895), junto con religiosas femeninas, como las Hijas de la Caridad, con las que llegaron los Paúles (1862), u otras religiosas de la orden Dominica y Franciscana, que representaban alrededor de un diez por ciento del total. 4

 
Sin embargo, pese al predominio de los elementos que pertenecían a los cuerpos de la administración colonial, o la importancia que tenían las órdenes religiosas en el archipiélago, la variable que más afectó a la comunidad española en las Filipinas del siglo XIX provino de los intereses económicos, impulsados tanto por el Estado como por empresas particulares, al calor del auge exportador. La creciente participación española en cultivos como el azúcar, el tabaco o el abacá llevó a un esfuerzo conjunto entre las autoridades políticas del régimen de la Restauración y los hombres de negocios, lo que el historiador Martín Rodrigo ha denominado el “esfuerzo de reconquista económica”.  La labor de promoción, intentando convencer que el territorio era un mercado repleto de materias primas por explotar, desde minerales o maderas a tabaco y azúcar, le correspondió al gobierno de Madrid. El ejemplo más conocido de este impulso fue la exposición de Filipinas de 1887, pero también desempeñaron un papel importante las informaciones de las diferentes ediciones de la Guía Oficial de Filipinas, que pretendieron facilitar el acceso a los recursos naturales del archipiélago, incluyendo información extensa de la geografía, orografía, hidrografía, meteorología, mineralogía, vegetación, población, agricultura, industria, comercio e instrucción pública en las Filipinas.  Además, a fin de desarrollar la economía de las islas, la administración española usó su capacidad de legislar. Por un lado, promoviendo la adopción de unas tarifas proteccionistas, en línea con las de otros territorios vecinos,  demandadas por los industriales catalanes tras concienciarse de las perspectivas del mercado filipino; en especial el arancel de 1891 tuvo un reflejo claro en el brusco aumento de las compras filipinas a la metrópoli, que llegaron a suponer el 5% del total de las exportaciones españolas, y el 7% de las industriales. 8 Por otro lado, ofreciendo ventajas al grupo Comillas, uno de los más importantes en España. Esas medidas fueron decisivas para conseguir unos beneficios importantes en el cultivo del tabaco, tanto por medio de la puesta en marcha de la Compañía General de Tabacos de Filipinas (en adelante, CGTF) tras el desestanco del tabaco y la implantación de un nuevo arancel, como por la concesión del flete a la Compañía Transatlántica, permitiendo también compensar costes y reducir subvenciones. 9

 
La búsqueda de beneficio económico de unas empresas españolas dedicadas a la exportación fue clave para la dispersión de la comunidad española por el archipiélago. La implantación de la CGTF en el valle de Cagayan fue decisiva para el asentamiento de los españoles y su dedicación al cultivo del tabaco, pero los ejemplos son numerosos, porque su política de diversificación llevó a esta compañía a promover otros productos de exportación, a comprar grandes haciendas, a producir alcoholes y hielo para consumo local y a intentar la colonización de Mindanao. 10 Algunas de esas iniciativas fracasaron, como el intento de controlar el Banco Español-Filipino, pero otras tuvieron éxito, como ocurrió al poner en marcha la Compañía Marítima en 1894, con la aspiración de convertirse en el “principal transportista interinsular privado” del archipiélago, consiguiendo relegar a los capitales extranjeros a proporciones marginales, a pesar de que algunas firmas británicas siguieron utilizando sus propios buques. 11

 
Los españoles ejerciendo actividades ajenas a la administración aumentaron a un tercio aproximado del total la comunidad. Los militares eran el 45%, los funcionarios el 15%, y los misioneros el 5%12, pero la morfología de la comunidad cambió decisivamente, al reflejar cada vez más claramente las diferencias internas. Así, los españoles empezaron a salir de Intramuros, la antigua ciudad amurallada en donde sus residencias y los conventos de las órdenes religiosas estaban separados del resto de la población. A mediados de siglo, aunque una mayoría (1600 españoles, de los que 600 eran peninsulares y 1000 nacidos en Filipinas) residían en Intramuros, la cifra de los residentes en Binondo, el antiguo parián chino, casi le alcanzaba, porque llegaba a los 1400, entre los que una mayoría abrumadora eran “hijos del país,” porque sólo 219 eran nacidos en la península. De esta forma, la comunidad española reflejaba unos cambios sociales especificados claramente en el recuento de 1884, en donde se califica a los residentes en Intramuros como propietarios y a los de Binondo como comerciantes, pero también mostraba una evolución general, porque entre la población china hubo un movimiento inverso hacia Intramuros, en donde pasaron a residir 500 de ellos, aunque la gran mayoría siguieron residiendo en Binondo. 13  Mientras que Intramuros mantenía la quietud de antaño, con unos 8.000 habitantes en total, Binondo, el antiguo parián para los chinos, destacaba ya como el barrio más prominente, con 81.000 habitantes, 14  aunque aparecían además nuevas zonas residenciales exclusivas para las clases sociales más pudientes, como Santa Ana.

 
El computo de sociedades, por otro lado, muestra el final del predominio de las agrupaciones de orden religiosos, y el inicio de nuevos modos de socialización. Históricamente, las agrupaciones en Filipinas estuvieron en el entorno eclesiástico, tales como las Obras Pías o las Cofradías. La primera asociación de carácter laico, la Real Sociedad Económica de Amigos del País, apenas databa de la Ilustración (1780). Sin embargo, el fin de la hegemonía de las asociaciones religiosas lo significó la creación de nuevos clubes fundados por la comunidad británica. Los británicos comenzaron reuniéndose en torno a mesas de billar en 183415, para fundar un primer club, el Jockey Club, en 1867, 16 y después reunirse en torno a vínculo identitarios, primero como expatriados en el Club Europeo, que acabó siendo el Manila Club17. De este se separaron los germano hablantes, que primero fundaron el Club de Lectura o Leseklub, y después el Casino Union en 1882. 18

 
Los españoles no rompieron bruscamente los moldes de socialización, y siguieron existiendo las asociaciones de carácter religioso (la pervivencia de las Obras Pías y otras asociaciones antiguas explican que no hubiera ninguna Sociedad de Beneficencia), 19 mientras que la administración dio nueva vida a la Real Sociedad de Amigos del País. A fines del siglo XIX, tras más de un siglo de existencia, el objetivo de “proteger e impulsar las ciencias, las artes, la industria y el comercio del archipiélago” pareció más necesario que nunca al régimen colonial, decidido a impulsar las cuatro secciones en que estaba dividida: Agricultura, Comercio, Artes y Ciencias. Así, el Gobernador General era su protector, el Censor era el Director del Museo-Biblioteca de Filipinas, y el Director del Observatorio Meteorológico de Manila, el padre jesuita Federico Faura, fue el “Consiliario” de la sección de Ciencias. Además el Consejo de Administración fue reorganizado ligeramente en 1893 para nombrar al Director de la Real Sociedad como Consejero nato del Gobernador, mientras que en 1894 el Ayuntamiento de Manila concedió a los Amigos del País el derecho de escoger un miembro para ser concejal20. Además, otros espacios de socialización importados de la península ibérica fueron ganando terreno, como el café La Alhambra, que en 1898 era, según un residente, “el único sitio donde, en esta aburrida ciudad puede encontrarse gente y animación”. 21
Las sociedades de recreo y profesionales de españoles fueron fundadas a fines del siglo XIX, pero resulta difícil de discriminar si había alguna exclusiva de peninsulares o si agrupaban también a los nacidos en el archipiélago. La primera referencia del Casino Español (también llamado Casino de Manila) es de 1890, fecha en que se aprobó su constitución. 22  Estaba situado en Binondo y sus objetivos eran tanto lúdicos (proporcionar a sus asociados “honesto recreo”) como filantrópicos (“uno de sus fines socorrer al socio o desvalido”), comparables con los fines sociales existentes en otros países de América Latina. 23  Fue seguido por la fundación, en 1898, del Club Filipino Independiente (en la calle Legarda), lo que atestigua la vinculación de la alta sociedad filipina con esas tendencias. Existieron también en esos años otras asociaciones como la Sociedad de Fianzas Mutuas de Empleados, la Sociedad de Tiro de Marquina, el Club de Tiro de San Juan del Monte, 24  y el Manila Lawn Tennis Club. 25  A tenor de las cuotas a los miembros, el Casino Español era el menos exclusivo. La cuota de entrada más alta era la del Manila Club, (30 Pesos anuales y 5 mensuales, tal como figura en las Guías oficiales de Filipinas), seguida por el Club de Tiro y el Jockey Club (20$), siendo los más baratos el Lawn-Tenis Club y el Casino Español, con 5$, con una cuota mensual el primero de 2$ y el segundo de 1$. 26

 
Las asociaciones de carácter profesional podían definirse más claramente como españolas, al deberse su creación a impulsos efectuados desde la península ibérica. Así, la Cámara de Comercio de Manila (1887) 27 se fundó a raíz de una Real Orden de 1886 sobre asociaciones permanentes fundadas en Ultramar, con objeto de proponer reformas, proporcionar información y resolver disputas entre comerciantes, industriales, navieros y capitanes de buques. Regida por la Asamblea General de Socios y por unos cargos trianuales, el número de miembros de sus Juntas que participaban en otras instituciones fue alto, tal como muestran el vocal de la Junta Venancio Balbás, que era director del Banco Español-Filipino, mientras que Francisco de P. Rodoreda, Modesto Cortabitarte y Salvador Chofré repetían adscripción directiva en la Real Sociedad Económica de Amigos del País. 28  La Asociación de la Marina Mercante y la Sociedad Hípico-Taurina eran otras organizaciones de carácter profesional, la última compuesta principalmente por militares. La Sociedad Musical Filipina (1889) tenía el objetivo de proteger “los intereses morales y materiales de los músicos filipinos y residentes en Filipinas, así como fomentar el progreso y educación musical del indígena”. 29

 
Las diferencias regionales también se reflejaron en el ámbito asociativo. Una Sociedad Cántabro-Filipina en el siglo XIX, dedicada a la extracción de cobre en Benguet, atestiguaba que la importancia de los santanderinos no sólo se debió a los vínculos de la Compañía General de Tabacos de Filipinas con el pueblo de Comillas. Referencias posteriores indican también la existencia de un Centre Catalá, del que no sabemos la fecha de fundación. A su vez, la comunidad vasca se nutrió con exiliados de la segunda guerra carlista y con una proporción hasta del 90% de capitanes y pilotos vascos que hacían las rutas a Manila. 30  Además, el envío de una cantidad de dinero al (Presidente), Tuason (vicepresidente), Cortabitarte (Tesorero), Antonio M. Barreto (Contador), y Balbás, Ramón Aenlle, Rodoreda, Francisco Reyes y Mijares y Rafael Reyes (vocales y todos ellos presidentes o secretarios de alguna de las secciones), además de estar vacante la secretaría general, p. 535. La Cámara tenía 84 afiliados en 1890 (44 en la sección de comercio, 21 en industria y 19 en navegación) y 141 en 1896, pp. 341-344 (1890) y 348 (1896).

 

Partido Nacionalista Vasco en 1896, al año siguiente de la puesta en marcha de su primer Bizkai Buru Batzar (EBB), o Consejo Regional de Bizkaia, mostraba el interés que muchos vascos residiendo en Filipinas mantuvieron por la política peninsular. 31

 

La lucha por el liderazgo social

 
La vida de los españoles en Filipinas, a fines del siglo XIX, giró en torno a un cambio de liderazgo que tuvo muchas facetas y que requiere ser estudiado más en profundidad. Estaba distribuido entre los representantes nombrados desde el exterior, ya fuera desde España (es decir, el Gobernador General, los gobernadores de cada provincia o los altos cargos de empresas como la CGTF), o desde Roma (tanto los Padres Provinciales de cada Orden como el arzobispo y el resto de autoridades nombradas por el Vaticano), y aquellos cargos que se habían ganado su influencia y prestigio en el propio archipiélago. Las Juntas del Banco Español Filipino, de la Cámara de Comercio de Manila y del resto de instituciones mostraban una serie de nombres repetidos, como Venancio Balbás, uno de los directores del Banco, que también era vocal en la Cámara de Comercio en 1890 y 1896; Modesto Cortabitarte, secretario de Club de Tiro, que también detentaba cargos en la Junta de la Cámara en 1890 y1896; Francisco P. de Rodoreda, que pasaba de ser secretario general de la Cámara a ser Vocal; o Luis Ricardo de Elizalde, que era tesorero de los Amigos del País y también miembro de la Cámara. Entre ellos, era posible encontrar apellidos que resultarían familiares en la posterior comunidad española del siglo XX, desde Jacobo Zóbel en el Banco Español Filipino, Gonzalo y J.M. Tuason en la Cámara de Comercio o Enrique Barretto. Pero junto con estos nombres, también habría que reseñar a aquellos que habían destacado a pesar de no tener un suficiente bagaje económico, y que fueron recompensados por la Administración con alguna condecoración, tales como Trinidad H. Pardo de Tavera, Felipe Buencamino o Pedro Paterno.

 
Por otra parte, los religiosos ocupaban un papel importante en ese liderazgo social. Históricamente, los misioneros habían gozado de una posición muy destacada dentro de la sociedad filipina, y se habían mostrado capaces de frustrar los recurrentes intentos por desbancar su influencia, mientras que la comunidad laica había sido escasa, con poco poder interno y con una proporción importante de soldados. Ese poder de los religiosos fue cada vez más desafiado, tanto por la creciente proporción de civiles atraídos por la ambición de la conquista económica, como por el creciente sentimiento anticlerical de muchos españoles, a los que se sumaba un creciente número de nacionalistas filipinos. Junto con ello, se despertó otro debate paralelo ante el predominio social de los religiosos, impulsado por la gran ola de inmigrantes que llegaron creyendo que tenían derecho a dar rienda suelta a sus ambiciones en el archipiélago. Así lo reflejó Pablo Feced, o Quioquiap, al asegurar que las islas debían devolverse a su “legítimo dueño,” a lo que él se refería como “las corrientes salvadoras de emigración, a los movimientos de expansión de la Metrópoli”. 32  Esa doble tensión interna contra los religiosos acabó por alejar algunas de las críticas explícitas contra los misioneros, pues una parte de la colonia española fue consciente de que esa actitud podría desencadenar unas consecuencias indeseadas en Filipinas porque daba alas a la independencia del territorio.

 
Otra tensión que también se puso de manifiesto en esa lucha por el liderazgo social fue aquella dirigida contra los mestizos y criollos, a los que se quiso impedir que desempeñaran un papel central. Para ello se emplearon argumentos de tipo racial. Los emigrantes de primera generación utilizaron esos argumentos a su conveniencia, esgrimiendo tanto los viejos razonamientos sobre la presunta desidia de los seres humanos tras la vida en el trópico, o los que apuntaban hacia los mestizos como poseedores de sueños contrarios de “destinos históricos” y “contaminaciones eternas”, 33  como también los más recientes sobre las diferencias innatas, utilizando además un vocablos de carácter científico basado en las nuevas ciencias, como la antropología, tal como hizo Feced. Al contrario que en las Indias Orientales Holandesas, donde la discriminación provocó cambios legales, 34  la lucha soterrada en Filipinas derivó en términos despectivos, como denominar “aplatanados” a los españoles “que por llevar mucho tiempo de país adoptan sus costumbres y su especial indolencia”. 35  La diferenciación de “los españoles peninsulares” frente al resto, y esa reafirmación de su superioridad, alejaron a una buena parte de esos mestizos, que comprobaron la desconfianza de los españoles hacia ellos al estallar la Revolución Filipina y les llevaron hacia los planteamientos independentistas. 36

 
Finalmente, el papel creciente de los inmigrantes de primera generación en la lucha por el liderazgo social estuvo también detrás del enfrentamiento de la comunidad española con las asiáticas, tanto en el caso de la población china, 37  como de la japonesa, 38 a las que se trató de restringir sus capacidades y posibilidades de influencia. Si frente a la comunidad china, el impulso a la confrontación provino de particulares, frente a la comunidad japonesa la administración, aun reconociendo el beneficio económico en las islas temían una “unión de razas,” fue la impulsora de las medidas represivas. Pero el temor español fue excesivo, sobre todo en la Marina, donde estuvieron obsesionados con la amenaza nipona los últimos años. 39

 
En conclusión, la presencia española en Filipinas vivió cambios acelerados en los últimos años de su administración colonial. Experimentó una renovación muy notable a raíz de la llegada masiva de emigrantes y del auge económico del país, inició una progresiva laicización, y modificó su antigua estratificación social, marcando nuevas diferencias sociales. El cambio fue profundo, pero lento. Nunca se quisieron realizar cambios radicales por miedo a posibles consecuencias que desestabilizaran el régimen colonial. Sin embargo, el impacto de esos cambios sobre la colonización fue decisivo. El declive de la hegemonía misional coincidió con el impulso exportador y con una llegada masiva de españoles que desdibujaron el perfil mestizo de la comunidad para buscar una colonización más proclive a sus intereses y sus ambiciones. Junto con ello, se produjo una lenta transformación en las costumbres, lugares de residencia y en las formas de socialización siguiendo modelos europeos en los que participaron tanto españoles peninsulares como mestizos. Pero sobre todo la evolución de la comunidad fue influida por los temores a un final de la colonización que les forzó a radicalizar unos discursos, forzando la búsqueda de una legitimidad que aparentemente tuvo unos efectos opuestos. Así, mientras las críticas anticlericales “perdían su utilidad” se realzaron las raciales hasta extremos exasperantes para los nacionalistas filipinos.

 

Los españoles ante la revolución y la guerra en Filipinas

 
El cambio de siglo trajo acontecimientos inesperados para los españoles, aunque unos fueran más previsibles que otros. En agosto de 1896, el Katipunan inició la Revolución Filipina, una sublevación contra el dominio español que vivió una tregua en diciembre de 1897, tras el pacto de Biak-na-Bato. Sin embargo, en abril de 25 de abril de 1898, el conflicto hispano-filipino dio un nuevo vuelco a la situación, cuando Estados Unidos declaró la guerra a España. Eso significó que los españoles habían de enfrentarse a dos enemigos unidos, los americanos y los katipuneros, que en junio de 1898 proclamaron la primera república en Asia, llamada de Malolos. La flota americana, por su parte, primero derrotó a la española en la Batalla de Cavite, el 1 de mayo, y después tomó la ciudad de Manila, una situación que llevó al gobierno español a solicitar la paz en el mes de julio, que llegó definitivamente en diciembre de ese mismo año, con la firma del Tratado de París. Apenas dos meses después, la tensión entre los antiguos aliados, americanos y katipuneros, llevó a una nueva fase de enfrentamiento, la guerra Filipino-Americana, que duró oficialmente dos años y medio, aunque el conflicto siguió siendo generalizado hasta 1906 y el archipiélago sólo se pacificó completamente hacia el año 1913. En esos procesos, los españoles fueron el centro de los ataques en las dos primeras fases, pero en la tercera, a partir de 1899, la posición de la comunidad española cambió radicalmente, ya que la anterior animadversión de los americanos y los filipinos hacia los españoles se diluyó rápidamente.

 

Los españoles, en el punto de mira

 
El gobierno colonial temía una rebelión interna, pero creía que sería factible derrotarla. Sólo en el caso de que la insurrección fuera apoyada por otros países asiáticos, en especial por Japón, tendría opciones al triunfo. Por ello las autoridades españolas se centraron en fortalecer la Marina, considerada necesaria para detener los posibles apoyos de otros asiáticos a los rebeldes filipinos, lo cual llevó a destinar al archipiélago “más buques, dotaciones y presupuestos que Cuba y Puerto Rico”. 40  Al estallar la rebelión, la ayuda de la comunidad española fue decisiva. Ya antes de la revuelta, los españoles habían sufragado la construcción de un buque de guerra en Hong Kong, que se vendió a Siam por su escasa calidad. 41  Tras el estallido de la revolución, los recursos adicionales fueron aún más necesarios. En respuesta a ello, los jesuitas cedieron el edificio de su Escuela Normal de Maestros para un batallón y la Compañía Trasatlántica habilitó un local en su fábrica para otro “espacioso cuartel”. 42  El miedo ante posibles ataques provocó que muchos españoles se trasladaran a Manila, o incluso retornaran a España para librarse de episodios como la masacre en la estación de ferrocarril de Guiguinto, en Bulacan, donde murieron seis religiosos y un médico españoles. 43  A pesar de ello, los españoles prosiguieron su vida en el archipiélago, e incluso celebraron algunas festividades, como la conmemoración de San Andrés (en recuerdo de la victoria de 1574 sobre el pirata Lim Ah Hong), provocando que se renovase una antigua agrupación, la Asociación cívico-religiosa de San Andrés. 44  En esta primera fase bélica de la revolución, la división entre españoles y filipinos fue simplemente una de las variables, pero hubo otras; se dieron casos de soldados españoles rendidos que tras jurar lealtad pasaron a luchar con los antiguos enemigos, 45  mientras que, en el lado opuesto, el general Primo de Rivera, después de la campaña en Cavite, aseguró al gobierno que “nada, absolutamente nada, dejaron que desear los cuerpos compuestos por soldados indígenas”. 46  Incluso tras la declaración de guerra de Washington, Juan José Toral se refería a la “aptitud [sic] patriótica de los filipinos”47 a pesar de la desconfianza por los hechos anteriores. No obstante lo cual, el estallido de la nueva guerra entre americanos y españoles hizo reverberar la revolución, produciéndose nuevos enfrentamientos entre españoles y filipinos.

 
Los daños a las propiedades españolas en este período parecieron ir en línea con las pérdidas personales. Se sabe en especial del impacto en el grupo Comillas, tras haber sido estudiado por Josep M. Delgado y Martín Rodrigo: la Compañía Trasatlántica aportó su infraestructura para el carboneo de los buques de guerra, pero también facilitó la cooperación de talleres y su presidente asistió al envío de la primera escuadra tras la derrota de Cavite, el 16 de junio de 1898. Dentro de Filipinas, sus vapores actuaron “casi, como buques de la Armada”, en palabras de Martín Rodrigo, 48  y fueron un recurso importante para evitar bloqueos de los revolucionarios filipinos, aunque la CGTF también aprovechó para sacar beneficios o evitar pérdidas, en especial a partir de mayo de 1898, cuando el cabotaje con bandera neutral fue autorizado en Filipinas. La CGTF, por tanto, alquiló buques extranjeros que sacaron la producción almacenada (uno fue dedicado a trasportar el tabaco desde la zona del valle del Cagayan a Hong Kong y otro lo llevó directamente a Europa), pero también aprovechó para transportar bienes que a causa de la guerra eran escasos y por tanto deberían adquirir precios elevados, como harina, petróleo y ginebra. 49  Las dificultades fueron compensadas con algunas oportunidades de negocio, aunque eso no puede decirse con los buques perdidos por la CGTF; el Isla de Mindanao, bombardeado y después incendiado por marineros estadounidenses en Cavite 50 y el Compañía de Filipinas, utilizado para el transporte de tropas con el norte de Luzón, cuando estaba siendo sacado del archipiélago en dirección a Taiwán. Tras un motín dirigido por un oficial cubano, la tripulación mató a sus cuatro oficiales españoles, pintó el casco de negro y lo dirigió hacia Subic, en donde pasó a formar parte del ejército de Aguinaldo, quien incluso se entrevistó después con un oficial de la compañía en su cubierta y lo utilizó para transportar detenidos españoles desde Batanes a Manila. 51

 
La percepción sobre su propio futuro fue el principal cambio en la comunidad española. Si bien la revolución filipina apenas cuestionó el futuro del gobierno colonial, la creciente inestabilidad y la entrada de Washington cambiaron las expectativas. El temor a la revuelta social se generalizó. 52  Se volvieron a constituir los cuerpos de Leales Voluntarios, que habían sido provisionalmente disueltos poco antes, así como las guerrillas de San Miguel, San Rafael y Casino Español, que había utilizado buques y pequeñas embarcaciones para “impedir la pesca á los enemigos, á apresar y echar á pique las embarcaciones insurrectas”. 53  En la etapa final de la guerra hispano-norteamericana, españoles y americanos coincidieron al considerar que la rendición de los primeros no debía producirse ante los filipinos, sino ante el Gobierno de Washington. De tal forma, se consiguió que Manila cayera exclusivamente en manos americanas y las tropas de Aguinaldo no entraran en la ciudad. Ambos contendientes temían esa posibilidad y compartían una misma preocupación: evitar el triunfo anticolonial.

 
Finalmente, el Tratado de París que acabó con la presencia de España en Filipinas no significó el fin de la comunidad española en el archipiélago. España aceptó el relevo de la administración, el regreso de los funcionarios y soldados, pagando incluso el viaje de vuelta, y no se quedó con ninguna propiedad inmobiliaria que pudiera utilizar como representación, mientras que recibía 20 millones de dólares y sus prisioneros eran liberados. 54  Pero la cláusula IV establecía un período de 10 años durante el cual los estadounidenses habían de admitir en Filipinas a las mercancías y los barcos españoles en los mismos términos y condiciones que las de los Estados Unidos, un gran logro reforzado por la cláusula XV, que igualaba los derechos para los buques de ambos países en sus puertos. Washington, consciente de estos privilegios, evitó tomar medidas que permitieran aprovechar ese período de gracia, en que las medidas aprobadas estuvieron encaminadas a beneficiar las exportaciones americanas al mercado filipino.

 

La guerra filipino-norteamericana

 
La guerra filipino-americana desplazó a los españoles del centro de las disputas, aunque la violencia siguió presente. De ello nos da testimonio la documentación consultar, especialmente interesante tras dejar el consulado general francés su representación de los intereses españoles y hacerse cargo en comisión el cónsul Luis Marinas y Lavaggi. 55  Una parte de la vida de la comunidad española en este nuevo período dependió de los rescoldos que quedaron de la lucha anterior.

 

 

Aunque los soldados de Baler resistiéndose a rendirse ante las tropas filipinas, la liberación de prisioneros españoles capturados a cargo de los americanos fue el caso más frecuente. 56 Entre los civiles, uno de los episodios más destacados fue el ocurrido en Camarines, una de las principales zonas productoras de copra, en donde murió un comerciante de larga estancia en Pamplona, en la zona sur, en Bicol, 57  mientras que la llegada de buques de guerra americanos a Calabanga provocó una huida de las pocas tropas insurgentes hacia Iriga, en el interior, obligando a acompañarles a un total aproximado de 150 personas, una buena parte españoles; el número de rehenes era tan elevado que se vieron obligados a dejarles en libertad tras alcanzar una zona segura de bosques, desde donde algunos de ellos viajaron a Manila. 58

 
Las zonas azucareras vivieron la tensión que se había evitado en anteriores fases bélicas. Al estallar la revolución filipina, el régimen colonial recibió apoyos generalizados. Se formaron batallones de residentes españoles que fueron a luchar a las zonas tagalas, como por ejemplo la Compañía La Carlota, formada por cien voluntarios españoles, pero también hubo otros compuestos por tropas locales y mandos españoles, como el Batallón Ilongo, que contaba con 500 soldados y fue una de las principales unidades de nativos que luchó contra Aguinaldo. 59  En la siguiente fase bélica, tras el estallido de la guerra hispano-norteamericana, las cosas cambiaron. Después de la derrota española en Manila, en Negros la “enclenque” 60 fuerza española fue derrotada sin violencia, y los hacenderos traspasaron enseguida su lealtad hacia el nuevo gobierno americano. Sin embargo, también se produjeron episodios violentos. En Ilo-ilo, menos dependientes del azúcar, el desembarco americano fue rechazado y se mantuvo en jaque a su ejército durante dos años, hasta la rendición en enero de 1901. 61  Y en Negros, la paz social quedó muy dañada, aunque pronto se instaló en la isla el regimiento “California” para proteger a los plantadores. A pesar de ello, el cónsul español aseguró que “se ha generado la insurrección y se ha perturbado la tranquilidad y destruido casi en su totalidad las haciendas y demás propiedades de los españoles allí residentes”, 62  cuestión sobre la cual después no aportó detalles nuevos. Pudo haber sido una afirmación exagerada, pero demuestra que los españoles sintieron temor ante los grupos armados, a pesar de que en ese momento el rechazo al régimen español ya era agua pasada. Por otra parte, los babaylanes, campesinos marginalizados, se sintieron identificados con la Iglesia Católica mientras que el grupo dirigido por un líder visionario, Papa Isio, aunque se preció de haber iniciado la lucha contra los españoles, pasó a luchar contra los americanos, calificándolos desde “herejes” o “judíos enemigos” hasta “Extrangeros[sic]”. 63  La colaboración de Papa Isio con españoles pudo haberle suavizado su inicial enemistad. 64 

 
En el mar, en Leyte, Fernando Escaño y su hijo, miembros de una de las más hacendadas familias filhispanas, fueron asesinados en su barco Escaño por la tripulación, que robó 20.000 pesos, embarrancó e incendió el buque, para después huir en botes hacia Mindanao, 65, mientras que cerca de un puerto de La Unión, en Ilocos, las tropas revolucionarias asaltaron otro buque español, Saturnus, repartiéndose unos 10.000 pesos para cobrarse los “haberes que les debían,” tal como comentó confidencialmente su capitán al cónsul. 66

 

La opinión de los españoles estuvo dividida, al haber dejado de compartir el enemigo común de la primera fase. Algunos se unieron a las tropas insurgentes, e incluso algunos de ellos como el teniente Gregorio Expósito (antiguo sargento con el ejército español) o Telesforo Carrasco Pérez (antiguo oficial de la Guardia Civil) fueron enviados a luchar a Baler contra sus compatriotas encerrados en la iglesia. 67  Varios más fueron implicados por la policía americana, como Teodoro Carranza, detenido “por complicidad con la actual insurrección”, 68  o Manuel Peypoch, quien pudo evitar su detención gracias a su cargo de cónsul honorario de Uruguay. 69  También algunos religiosos pudieron estar involucrados en algún tipo de resistencia, tal como apunta la inspección del convento de los padres Dominicos en Manila y la decomisa de “unas cuantas escopetas y fusiles viejos e inservibles”. 70  Pero en general predominó una opinión favorable a la colonización americana. Hubo ejemplos de soldados españoles liberados por los americanos que pasaron a colaborar con ellos, actuando de guías en sus ataques a los filipinos. 71  En Manila, el cónsul Marinas reflejó las actitudes conservadoras características del estatus social más elevado, como las quejas por el leve castigo a los asaltantes del Compañía de Filipinas, el buque oficial usado por el presidente Aguinaldo, pensando que no habían recibido el merecido castigo. 72  Según el cónsul, la comunidad española sintió “pánico e indignación” 73 por la toma del buque Saturnus, un hecho que fue respondido por las autoridades americanas con el bombardeo con “millares de proyectiles” a la capital de la provincia, San Fernando, reduciéndola “a ruinas,” tal como expresara un antiguo líder estudiantil y después abogado de turno de oficio, Felipe Buencamino, cuando era Secretario de Negocios Extranjeros de la República Filipina. 74

 

Sin embargo, el hecho más destacado de esta fase provino del cambio que se produjo en la percepción filipina de los españoles. Esa transformación tuvo, en parte, una razón coyuntural obvia, como fue evitar el aislamiento político de su gobierno, pero también fue resultado de un reflujo frente a los acosos anteriores. El cambio más significativo fue el del propio gobierno filipino, que pensó en un posible reconocimiento diplomático por Madrid de la República Filipina, razón que explica los pasos para mejorar la relación, como fue el permiso de salida a los soldados encerrados en la Iglesia de Baler, en la actual provincia de Aurora, o los textos enalteciendo su acción, los cuales dejaban traslucir que los españoles en general eran tan bravos y nobles como ellos. Apolinario Mabini, el cerebro de la Revolución, hizo saber el deseo del gobierno de Emilio Aguinaldo de cambiar su relación con las autoridades españolas. Tras salir de la cárcel americana y antes de regresar a Filipinas, reconoció abiertamente ante la comunidad española sus “yerros anteriores” 75  e incluso ofreció una mano abierta por medio de una entrevista secreta con José María Romero Salas, el director del Diario de Manila:

 
“si los residentes españoles en Filipinas obran con patriotismo y con cordura, su situación en este país podrá ser mejor de lo que es hoy y estar a salvo de las vicisitudes y peligros que puedan sobrevenir”. 76 Parece que una buena parte de la población filipina apoyó esa nueva visión de España, tal como se demostró en el recibimiento a los soldados de Baler, y también en las manifestaciones culturales más asociadas con el legado español, tales como la procesión de Nuestra Señora del Rosario en Manila de 1900, tras la que el cónsul señaló que “en todas las casas situadas en las calles por donde la procesión pasó, lucían en su frente colgaduras con los colores nacionales de España”. 77
Manila. Tesis Doctoral, The University of Michigan, 1990, pp. 49-50; “Abogados que componen el turno de las defensas de oficio de 1890”, en Guía Oficial de Filipinas, 1890, pp. 208-209, 401.

A pesar de ello, Los españoles nunca tomaron una decisión en contra de los intereses de Estados Unidos, arguyendo que el Tratado de París impedía ese reconocimiento, pero se mostraron reconfortados por el cambio de los antiguos enemigos. También reivindicados, tal como se mostró el cónsul general al informar que el régimen americano en Filipinas, que Alfred McCoy ha definido como el Estado de Vigilancia, estaba poniendo en marcha los mismos métodos represivos que antes habría criticado a los españoles:
“Para obligar al país a reconocer su soberanía no han vacilado en admitir como buenos y eficaces los medios empleados aquí durante nuestra dominación, que fueron objeto por parte de los americanos de enérgicas censuras y que constituían el terror de los insurrectos”. 78

 
Los cambios políticos también abrieron paso a los intentos por cambiar la correlación de fuerzas dentro de la comunidad española. Miembros de la comunidad implicados directamente en la Revolución Filipina pudieron haber pensado en desafiar el liderazgo de la comunidad, por ejemplo Pedro Paterno, quien ya había participado en las conversaciones de paz en Biak-na-Bato en el otoño de 1897 con el general Primo de Rivera, que le definió como “persona de grandes simpatías é influencia […] considerado como sospechoso por los españoles y amenazado y perseguido por el fraile […] hace alarde de españolismo […] pero es liberal del país, aspira a la asimilación con la madre patria […] Me parece que ambiciona notoriedad y honores”. 79  Tras haber sido detenido y prometer no entrometerse en luchas políticas, Paterno pasó a ser considerado por los mismos americanos como un posible mediador con el gobierno filipino y tras algunos viajes despertó unas expectativas de paz, que sería culminada con una manifestación “para demostrar al general [Arthur] MacArthur la gratitud del pueblo filipino por su decreto concediendo amnistía”, 80 que fue acompañada de unos festejos que durarían tres días durante los cuales se pensaba que el presidente Aguinaldo se entregaría o firmaría un acuerdo definitivo para entregarse. Los americanos aceptaron inicialmente, pero las banderas filipinas con eslóganes patrióticos y retratos de Aguinaldo en las calles, junto con sospechas de que Paterno buscaba que declararan un Protectorado, les llevó a replantearse la propuesta de Paterno, hasta el punto de boicotearla. 81  La iniciativa fracasó, en definitiva, aunque el Jefe Ejecutivo William H. Taft y el Comisionado Luke Wright asistieron al banquete inicialmente previsto (tras negociar que no habría discursos ni brindis y con dos horas de retraso) pero la frustración de las expectativas llevó a la retirada de muchos de los preparativos y adornos que se habían preparado. Así, apenas permanecieron colocadas en Manila en apoyo a Paterno unas “colgaduras o algún pequeño adorno” 82, uno de los cuales fue una senyera en la fachada del Centre Catalá, hasta que fue arriada tras solicitarlo el cónsul Marinas. Es probable el Centre actuara de esa forma por su relación personal con Paterno, quien vivió muchos años en Barcelona y regresó después a España de forma definitiva, pero también por oposición al liderazgo de la comunidad.

 
La lucha entre facciones también estuvo detrás de la detención de José María Romero Salas, director del Diario de Manila, “que en la política filipina toma una importante participación”. 83  Fue detenido, según trasluce la documentación, por publicar un artículo criticando a Felipe Buencamino, quien tras abandonar la insurrección pasó a ser uno de los promotores del Partido Federal, el grupo con mejores relaciones iniciales con los nuevos colonizadores. Romero Salas salió de la cárcel tras la presión del cónsul “siempre que este haga solemne la promesa de observar rigurosamente la prevenciones y obligaciones que se le impongan”, 84  pero es posible pensar que toda la maniobra fuera parte de una disputa en torno al poder bajo el régimen americano.

Características de la nueva comunidad

 
El nuevo régimen obligó a una remodelación de la comunidad española que se va a analizar a través de los datos que ofrecieron los censos elaborados en 1903. La reconfiguración empezó con un éxodo masivo tras la derrota militar. Siguió luego, tras las disposiciones aprobadas en el Tratado de París, con la obligación de efectuar en un registro, en el plazo de un año, una declaración específica para mantener la nacionalidad; un plazo demasiado corto para muchos que vivían en el campo, que solían acumular sus gestiones en el consulado, como por ejemplo el registro de sus descendientes, aprovechando un viaje a la capital. Además, la posibilidad de mantener la nacionalidad se limitó a los peninsulares, no se extendió a los criollos o a los mestizos. De igual forma, aunque se les permitió tener propiedades y “ejercer su industria, comercio o profesión”, para otras cuestiones, como por ejemplo para ejercer la abogacía, los españoles hubieron de cambiar de nacionalizarse filipinos y jurar las leyes estadounidenses. 85

 
En 1903, la comunidad española estaba compuesta por 3.888 miembros, de los cuales un 82% eran hombres (3.187 por 701 mujeres). Esta desproporción se fue corrigiendo con el paso de los años, porque en 1918 se pasó a una proporción algo más equilibrada, 2.760 hombres frente a 1.185 mujeres; cifra que en 1939 se había transformado ya, siendo de 2.503 hombres (58%) frente a 2.124 mujeres. La población española vivía predominantemente en Manila, en torno al 55%, ofreciendo un molde parecido al de los americanos (2.065 residentes españoles en Manila, frente a 4.300 del total de 8.135 americanos), pero más disperso que el resto de comunidades europeas, que concentraban los dos tercios de la población en la capital. Además de Manila, otras seis provincias tenían una población superior a los cien españoles, mostrando la importancia de los negocios de exportación en la elección de su asentamiento, Albay (144), Ambos Camarines (146), Cagayan (109), Cebú (118), Iloilo (177), y Negros Occidental (191), aunque es necesario tener en cuenta también a Sorsogón, que se acercaba al centenar (99).

El nivel de sus estudios era quizás su característica más reseñable en los censos de 1903, aunque se refieren en exclusiva a varones. Así, un 73% de los españoles blancos (2.215 de 2.994) tenían educación superior, es decir, habían acabado los estudios primarios, una cifra sólo comparable con otras comunidades más pequeñas, como el 80% de los “alemanes blancos” (225 de 280), o el 77% de británicos (363 de 467). Por debajo, con un 65 %, estaban el resto de “blancos” (287 frente a 435, incluyendo la lista de franceses), incluyendo los americanos con un 64% (3.982 de 6.277) y de “expatriados no occidentales,” como los “yellow Chinese” entre los que la proporción de nacionales con estudios aparece marginal: 517 de 37.987. Los mestizos españoles o “mixed Spanish” también muestran una proporción elevada con estudios, porque tenían un 79% (232 de 292), frente a un 77% de los “white Filipino” (44 frente a 57), un 49% de los “mixed Filipino” (674 frente a 1.374) y un 16% de los chinos, con nacionales británicos o americanos estadísticamente poco importantes en este aspecto. La escasa proporción de analfabetos también refleja esta amplia base educativa entre los españoles, con sólo un 4% (122) entre los “españoles blancos” y ninguno entre los mestizos, frente a un 12,5% entre los mestizos filipinos y cantidades mayores entre otras poblaciones asiáticas86. La proporción de emigrantes españoles con estudios superiores, en definitiva, era tan alta según los censos como la del resto de las poblaciones occidentales minoritarias, y superaba ampliamente a la más numerosa, la norteamericana. Sin embargo, cabe reseñar que esos datos no concuerdan con la definición que hizo el cónsul de España en 1906, que calificaba a la población española en las islas “muy heterogénea, dada la situación que aquí tuvo España. Componen esta colonia los más ricos y los más pobres”. 87 

La renovada relación en el siglo XX

 
En el siglo XX, la aparente estabilidad que se vivía bajo el régimen americano abrió una nueva etapa para la comunidad española en Filipinas, que en buena parte fue una continuación de la anterior. Tal como ocurrió en Cuba y en Puerto Rico, los emigrantes españoles siguieron llegando, forzados por los mismos factores de expulsión que en el siglo XIX, tales como la sobrepoblación y la pobreza, a lo que se unió en pocos años el deseo de evitar el servicio militar en Marruecos. Los factores de atracción, sin embargo, no fueron tan fuertes como antaño. La distancia y la carencia de redes familiares de apoyo eran factores disuasorios, pero lo que verdaderamente se convirtió en un obstáculo difícil de solventar para aquellos carentes de dinero o cualificación para desempeñar un empleo fue la audana, tal como avisaban los representantes diplomáticos. Por ello las estadísticas de viajeros reflejan un flujo relativamente escaso. 88  Junto a ello, la llegada de nuevos inmigrantes se vio contrarrestada por la integración de los españoles en la sociedad receptora, lo cual provocó que la comunidad española perdiera oficialmente una buena parte de sus efectivos. De tal forma, el número total de miembros de la comunidad se mantuvo en torno a las 5.000 personas, parte de los cuales se sentían más integrados dentro de sus propios círculos sociales que en los nacionales: “Cosmopolitan though Manila society was, it was given a unity not only because of the smallness of its circle but through marriage”. 89

 

Impulso empresarial continuado

 
La situación económica no ayudó en los primeros años, porque el cambio al patrón oro en el peso filipino, y el establecimiento de una tasa fija con el dólar, de dos pesos por dólar, convirtió al archipiélago en el lugar más caro de Asia Oriental.

 
Sin embargo, para los empresarios españoles fue más importante el grado de desarrollo y de ventas conseguido en los últimos años de la colonización, que gracias al Tratado de París pudieron mantener hasta el año 1903, cuando alcanzaron en torno al 7.5% del total de las importaciones filipinas, con un comercio total en torno a los dos millones de dólares, por debajo del Reino Unido, a la par con Alemania y por encima de Francia. 90  El éxito principal le correspondió al sector textil, que llegó a vender un tercio de las exportaciones de punto a Filipinas, lo cual ayudó a situar a España como la tercera nación exportadora de textiles en el mercado filipino, por detrás del Reino Unido y Estados Unidos. 91  Dentro de este sector, España lideró con Inglaterra la venta de “tejidos flojos de algodón”, y en solitario los “géneros de punto y en vestidos hechos,”, además de ocupar un puesto más secundario en “estambres e hilazas” y en “telas tupidas de algodón”. 92  A su vez, los buques españoles fueron los segundos transportadores, por encima de Alemania y Estados Unidos.

 
El Grupo Comillas vivió una evolución diferente, según cuáles fueran sus empresas. Los resultados de la Compañía de Tabacos se vieron beneficiados inicialmente por una buena cosecha y por el optimismo tras el final oficial del conflicto en 1901, pero después, a partir de 1903, empeoraron, tanto por motivos meteorológicos como por un arancel extremadamente alto impuesto por la Dingley Tariff desde 1902 (un 75% “ad valorem” para el tabaco y el azúcar filipinos) que impedía cualquier posibilidad de beneficio, produciendo unas pérdidas que la compañía sólo pudo compensar con otros negocios alternativos comenzados durante el período español, tales como la exportación de abacá y copra. 93  También la explotación de la Hacienda Luisita, un terreno en Tarlac comprado durante el período español, permitió realizar la que se denominó como “la obra hidráulica más importante de las islas” para construir los canales de irrigación de tierras con vistas al cultivo de arroz. 94  En el negocio de la navegación, la Compañía Transatlántica sólo pudo compensar las dificultades impuestas por la nueva administración gracias a subvenciones españolas. Las autoridades americanas obstaculizaron su presencia, y desde 1905 establecieron la obligación de usar barcos de bandera norteamericana para la exportación de productos fuera del archipiélago, el mismo año en el que en el concurso abierto para adjudicar veintiuna rutas de navegación se desestimaron todas las ofertas de CGTF alegando su carestía, obligando a la compañía a usar barcos de bandera norteamericana para la exportación, e impidiendo comprar, o incluso sustituir, barcos de compañías o individuos que no fueran de nacionalidad americana o filipina. 95  Así, para mantener la única línea regular a Europa desde Filipinas, 96  el Grupo Comillas recurrió a solicitar subvenciones en Madrid, argumentando la ruina que le suponía desde la depreciación de la peseta, la subida de precios en Filipinas tras cambiar al nuevo patrón de oro, o la necesidad de mantener la posición de España en la región, aunque fuera muy modesta, porque “sería difícil y costoso volver a adquirir si se abandonase”. 97

 
El resto de empresas españolas fueron adaptándose al nuevo entorno anglosajón y pudieron contribuir a la mejora del aparato productivo gracias al capital con que contaban, 98  a una cierta familiarización y contactos durante el período españo,  99  y al conocimiento del país. El Banco Hispano-Filipino o la Compañía Marítima pueden ser ejemplos de la colaboración empresarial, 100  pero también sectores en los que hubo una intensa colaboración, como el azúcar, en donde los propietarios de tierras y productores de azúcar se combinaron con las empresas extranjeras con know-how, tal como ocurrió con la colaboración de los Elizaldes, Ynchausti y Roxas (propietarios de las centrales La Carlota, Pilar Central o Don Pedro) y con empresas británicas como Warner, Barnes & Corporation Ltd. para permitir que atracaran barcos transoceánicos en el puerto de Iloilo, dragando el río Iloilo. En el sector de seguros, por su parte, trabajadores españoles de casas americanas y británicas, como Miguel Osorio o Enrique Zóbel, las abandonaron para crear casas de seguro españolas 101 que tuvieron un gran éxito, puesto que tanto las americanas como las británicas eran agentes compañías radicadas fuera de las islas. 102

Asociaciones

 
Las asociaciones vivieron una creciente politización que reflejó el auge de las perspectivas nacionalistas. Pese a la existencia de clubes nacionales, en ellos predominaron las distinciones de clase. Hubo tres de carácter nacional, como el Casino Español, que en 1906 seguía en Binondo, presidido por Eduardo Soriano y con Joaquín Verdaguer como secretario, 103  el Casino Français, de corta vida, y el Deutscher Club. En el resto, se mezclaban distintas procedencias, y entre ellas la de españoles, tal como ocurría como en Ekles Club, Columbian Club, Caledonian Club, Army and Navy Club, Ermita Club, Malate Club, Philippine Club (Afro-American), Mens Service Club (Naval), y el University Club. La presencia de españoles está probada en el Manila Club, considerado como el de los británicos: a él pertenecían el asistente general manager de Tabacalera, Carlos de las Heras, además de M. J. Osorio, T. Figueras, los hermanos Elizalde, e incluso quien más tarde sería el gran impulsor del Casino Español, Antonio Melián. 104  Lo mismo ocurrió en los Clubes Deportivos, como el Athletic Club, en los que los nombres anglosajones predominaban, pero en los que también se encuentran referencias a miembros de la comunidad española: así ocurría en el Manila Auto Club (Roxas, Muñoz y Garchitorena) y el Manila Jockey Club (R. Rodriguez, Juan Rosell, Ricardo Aguado). 105

 
En las Cámaras de Comercio ocurría algo similar, aunque en el caso de la Cámara española fracasó el intento de ampliarla a otras nacionalidades. Sin embargo, las empresas españolas se encontraron con la posibilidad de afiliarse a otras Cámaras, como la American Chamber of Commerce, la Cámara de Comercio Filipina, o la Manila Chamber of Commerce que, fundada en 1899, tenía predominio británico, 106  pero también incluyó a miembros de otras nacionalidades, tales como suizos, alemanes, daneses, holandeses, canadienses, americanos y filipinos, y a la que se acogieron dos empresas españolas, Tabacalera y Aldecoa & Co. Además, hubo otras asociaciones que contaron con presencia de la comunidad española, en colaboración con otros miembros de nacionalidad filipina, tales como la Asociación de Navieros de Filipinas, la Asociación de Maquinistas Navales y Terrestres y la Asociación de Propietarios de Manila. 107  Aún así, no se pudo conseguir que la Cámara Española de Comercio siguiera el mismo camino. El cambio de soberanía y unos nuevos decretos que obligaban a cambiar los estatutos permitieron que se intentara crear una nueva normativa que hiciera a la Cámara menos dependiente de la tutela burocrática y más abierta a personas que “tengan o no las condiciones exigidas por la ley [española]”. 108  Es decir, se intentó crear una Cámara que admitiera representantes de empresas que fueran extranjeros o que por haber adquirido la nacionalidad filipina no estuvieran incluidos en el registro consular español. El representante diplomático bloqueó el nacimiento de esa nueva Cámara, no asistiendo a la reunión fundacional de agosto de 1902, y consiguiendo, además, la dimisión del presidente recién elegido, Raimundo Abaroa, presidente de la Compañía Marítima. Tras ello, en abril del año siguiente, se convocó una nueva asamblea, que ya contó con presencia diplomática, y sirvió para fundar la nueva Cámara Española de Comercio, en la cual se admitía la participación de comerciantes de provincias en concepto de socios protectores y transeúntes. 109  A tenor de las opiniones del cónsul no parece que esa Cámara fuera un gran éxito, ya que el diplomático minusvaloró la primera reunión alegando que sólo habían asistido 60 del total de 400 empresas que eran miembros de la anterior Cámara, pero fue la misma cifra que ofreció al año siguiente, cuando se creó la asociación definitiva, con Ricardo E. Barreto como primer presidente, Fernando Martínez como su primer secretario y Miguel Plá como vicepresidente.

 
Por su parte, también la comunidad religiosa acusó la politización de la vida pública, incluso después de los años de violencia. Tanto por los acosos vividos durante la guerra, como por la pérdida de parroquias a favor del clérigo secular, a raíz de la constitución apostólica promulgada por el Papa León XIII Quae Mare Sínico (17/IX/1902), los misioneros españoles de las cinco órdenes históricas vieron reducido su número, pasando de 1.174 miembros en 1898, a 480 en 1902, y a 335 al año siguiente. 110  Entre los padres Paúles y las órdenes asentadas más recientemente, el impacto fue menor: regresaron 17 y ninguno fue detenido o asesinado, a pesar de que su seminario de San Marcelino fue convertido en Hospital Militar y el Seminario de San Carlos en Cebú se convirtió en guarnición militar. 111  En el nuevo régimen político se adoptaron medidas aparentemente contradictorias. Por un lado, la oposición a los frailes españoles provocó que en 1902, durante la visita de Taft al Vaticano, se llegara al acuerdo de sustituir a los misioneros españoles por otros americanos: Sin embargo, por otro lado, en ese mismo año el papa León XIII declaró Pontificia a la Universidad de Santo Tomás, un título que, como la celebración de su III Centenario en 1911, sirvió para realzar su importancia ante el resto de misioneros españoles. Además, la importancia económica de los frailes aumentó tras recibir una suma total de siete millones de dólares del gobierno americano por la compra de sus tierras.

 
El periódico de la comunidad española había sido durante mucho tiempo el Diario de Manila, al que siguió El Mercantil, que en 1907 era considerado “el verdadero órgano de la Colonia, tiene bastante autoridad en la prensa y es el mejor defensor de los intereses de España”, 112  y durante muchos años se convirtió en su portavoz. También aparecieron otros periódicos orientados a la colonia española, como la revista Mercurio, dirigida por Francisco Campillá, o el diario vespertino Nuevo Heraldo, fundado en 1904, en Iloilo, por Manuel de la Portilla y José García Páramos. A su vez, la revista gráfica mensual Excelsior fue fundada por el español Luis Sors en 1905, vendida posteriormente al filipino Adolfo García, en 1918, quien se esforzó, junto a Benito Blanco como director, por incluir tanto textos de literatos filipinos como españoles, residentes en la península o en el archipiélago.

 
En estos años, se reflejó también en Filipinas el auge de los distintos nacionalismos peninsulares. La comunidad catalana creó el Centre Catalá y el Orfeó Catalá. El primero ya existía en tiempos de la Revolución Filipina y fue definido por el cónsul Luis Marinas como una “sociedad que cuenta en su seno con algunos furibundos catalanistas”. 113  El segundo se fundó en 1908, siguiendo el ejemplo barcelonés, y estaba más centrado en forjar una identidad cultural; su objetivo era “ejecutar, fomentar y dar a conocer la música catalana,” según sus estatutos, que especificaban al catalán como su lengua oficial, permitiendo ser miembro a cualquier catalanohablante. 114  Siendo conscientes de realizar una actividad para minorías, comparada con los conciertos de música sacra organizados por el Manila Monday Musical Club, el Orfeó limitaba sus actividades al ámbito cultural y festivo. No hay constancia de roces con el resto de la comunidad española, hasta el punto que el cónsul Baldasano aseguró “todos son entusiastas patriotas y continuamente dan prueba de su amor por España”. 115  Las quejas del cónsul general en 1902 contra los “catalanistas” por promover una Cámara de Comercio más abierta y menos burocratizada, o las propuestas de comerciantes, de profesores del Ateneo de Manila, o de la Junta para la Repatriación solicitando al Rey Alfonso XIII que recibiera al barco con los restos de los “héroes de Cavite” en la Ciudad Condal, “segunda capital del reino y emporio de grandeza”, 116  apuntan a que sus aspiraciones eran muy parecidas a las de tantos otros españoles conservadores que buscaban adaptar sus negocios al nuevo régimen, aunque resaltando su especificidad cultural. En relación con el nacionalismo vasco, su presencia en zonas rurales dificulta su aparición en la documentación diplomática. A algunos de ellos, su identidad nacional les despertó una cierta empatía con la insurrección filipina, tal como mostró en la revista Euskalduna, “un filipino,” que publicó en 1899 un texto asemejando la lucha por la libertad de los filipinos con la de los vascos, y asegurando que los dos “razas [están] esclavizadas por otras”. 117  La comunidad vasca más importante se estableció en Iloilo, donde no sólo organizaba sus propias fiestas, sino que fundó también, en 1907, una sede oficiosa del PNV, el Batzoki vasco o ‘Euzkeldun Batzokija”. 118

 
En otros ámbitos la presencia hispana no fue tan evidente, ya que entre las sociedades religiosas predominaron los miembros extranjeros, tal como ocurrió en la Bible Society o en la Chinese Methodist. Sólo aparecía el Centro Católico de Filipinas. Esa presencia tampoco se reflejó en las Benefic y Secret Societies, a excepción de Modestia, F& AM. Sin embargo, el legado hispano se ponía de manifiesto en los nombres de las iglesias y en los teatros, de los cuales sólo tenían nombre inglés el Manila Grand Opera House y el Orpheum Vaudeville Theater.

 

De “las políticas de la memoria” a la política filipina

 
La comunidad comenzó el nuevo siglo mirando hacia delante y con una agenda propia. Independientemente de quién fuera el ganador de la guerra filipino-americana, los españoles tenían buenas opciones tanto con unos como con otros. Y aunque su preferencia por la dominación colonial americana fue clara, en su momento también afloró una cierta afinidad con los filipinos. Un tropo recurrente en la documentación española fue traslucir las carencias de la colonización norteamericana para ensalzar el período español. Así, en 1902, por ejemplo, al referirse al diferente pago que se daba a los trabajadores americanos y a los filipinos por realizar la misma tarea, el cónsul se refería a las dificultades para pacificar Filipinas por “la probabilidad, si no la evidencia, de que en un no lejano plazo se establezca en este país la separación de razas,” aprovechando para contrastarlo con “los derechos idénticos que España concedía a los empleados peninsulares e insulares que servían en Filipinas”. 119

 

Si la defensa del período español como una globalidad tuvo un efecto limitado, como cuando el director del Diario de Manila declaró ante el Jefe Ejecutivo Taft que “España en su larga y accidentada vida en Filipinas no se ha llevado nada, y ha salido de aquel limpia y pura”, 120  otras iniciativas tuvieron más éxito. Por ejemplo, ensalzar a personajes concretos se convirtió en una estrategia más apropiada. De esa forma se logró que las estatuas de Legazpi y Urdaneta fueran finalmente colocadas en 1901, tras un largo proceso de concurso público, elaboración y envío, que fue paralizado tras estallar la Revolución Filipina. 121  Sin embargo, el objetivo que requirió más esfuerzos por parte de la comunidad española fue la repatriación de los cadáveres de los marinos muertos en el combate con Estados Unidos, en la bahía de Cavite. A raíz de una reunión promovida por un periodista, surgió la idea de trasladar a España los restos de los marinos, para lo cual se organizó una Junta Rectora y Ejecutiva, que pidió ayuda al Consejo de Ministros. 122  Tras sumar a esa petición la repatriación de los soldados de Baler, el traslado se solventó gracias a la Compañía General de Tabacos de Filipinas, que puso a su disposición un buque en “una patente demostración de desagravio a nuestro país”. 123

 
La comunidad también se embarcó en otras batallas más complicadas, como ocurrió a raíz de la publicación de un artículo sensacionalista en torno a la familia real española. El hecho de que ese texto hubiera sido publicado ya en el New York Herald no fue un obstáculo para la campaña emprendida por la comunidad española, que comenzó con un artículo en el diario El Mercantil titulado “No podemos más” (23/IX/1902), en el cual aludían a los sentimientos de la “colonia española numerosísima que reside en estas islas” y reclamaban que dicho artículo debía haber sido censurado. 124  Finalmente, y a pesar del desdén americano inicial, la presión española consiguió que el periódico que lo había reproducido se disculpara.

 
Conscientes de sus intereses y de su posición en la sociedad filipina, los españoles tuvieron una agenda política propia en Filipinas, independiente del gobierno peninsular, tanto en el ámbito económico como en el político. En el primer caso, el objetivo claro era acceder al mercado americano. La Cámara Española de Comercio fue la primera institución abiertamente defensora del libre comercio total con Estados Unidos, desde mediados de 1905 hasta 1908, 125  coincidiendo con los momentos en que el gobernador Taft estaba declarando que Estados Unidos debería permanecer en Filipinas una o dos generaciones más. El final de la década de gracia concedida por el Tratado de París, obviamente, estaba en la cabeza de aquellos empresarios, que consiguieron convertir su postura en un sentimiento generalizado: “La colonia española es favorable a la continuación de los americanos”. 126  Esa postura supuso un balón de oxígeno importante para el gobierno colonial americano porque llegó en los momentos de mayor impopularidad, tras el fin de las excusas para justificar su permanencia y después de unos años de estancamiento económico.

 
En el caso de la vida política, los objetivos españoles estuvieron menos claros porque dependieron de las rivalidades internas y, en la búsqueda de alianzas políticas, muchos de ellos se encontraron “apoyando la independencia para los filipinos.”127  El hijo de Felipe Buencamino reflejó esa rivalidad al referirse a dos grupos bien definidos que trataban de “eclipsarse” entre ellos, consistiendo uno de ellos en las “familias de ascendencia española, como los Roxas, Zobles, Teus y los Moreno Lacalle y el otro consistiendo en la Principalia Filipina, tales como los Tuason, Chiiudian, Limjap, Paterno y nosotros mismos”. 128  Los Federales se convirtieron en el grupo más crítico hacia el pasado español. Romero Salas reveló en un artículo el sentimiento de “la colonia española, justamente lastimada por la manifiesta hostilidad de esos individuos hacia España, [que] vio con satisfacción los ataques que ponían en evidencia la hipócrita actitud en que se hallan colocados”. 129  La tensión se agravó con los años y se manifestó públicamente en torno a T.H. Pardo de Tavera, quien, al denominar a España como “ese país miserable y quijotesco”, atrajo numerosos insultos (desde “chaqueteros” a “ingratos” o “buscaoficios”) y recibió artículos injuriosos que culminaron con la decisión del gobierno español de quitarle las condecoraciones concedidas y con acusaciones de libelo contra el español Vicente García Valdés. 130

 
En ese contexto nacional, se creó un nuevo partido promovido en buena parte por la comunidad española. Tenía objetivos más amplios, y se centraba en la política filipina, pero al tiempo defendía las posiciones de los españoles frente a las posturas del Partido Federal. Se trató del Partido Conservador, fundado por “los elementos mas prestigiosos del país, acomodados y ostentando en su mayoría títulos académicos”. 131  Sus promotores estaban fuertemente conectados con una parte de la sociedad ilustrada manileña que resistía al poder americano, pero también rechazaba la violencia, una vez que la detención de Emilio Aguinaldo había desinflado definitivamente la Republica de Malolos. Aparentemente, el motivo inmediato de su fundación fue el apoyo oficial al Partido Federal, patente en las referencias del gobernador Taft. Los Federales se enzarzaron pronto en disputas contra los llamados “Conservadoristas” y les calificaron como “españolistas” por la ascendencia española de casi todos ellos (unos eran criollos y otros mestizos españoles). Les acusaron también de defender los intereses de la Iglesia, lo cual debió ser determinante para su futuro porque a fines de ese mismo año de 1902, el grupo había prácticamente desaparecido. 132  Tal como asegura Michael Cullinane, los Conservadoristas veían a Filipinas como un territorio hispánico y favorecían el uso del castellano. Esos fueron puntos en común que pocos años después compartieron con nacionalistas como Fernando Mª. Guerrero, Rafael de Palma o Jayme de Veyra al fundar El Renacimiento, el rotativo que dio mas quebraderos del cabeza al poder americano en la segunda mitad de la década. 133

De todos modos, la diversidad de la comunidad española permitía que apoyaran alternativas diferentes. Los despachos del cónsul muestran que si el fiel de la balanza de los intereses españoles estuvo principalmente a favor de la colonización americana, también pudo haber apoyado la independencia filipina si se hubieran dado las condiciones necesarias. Porque la ola nacionalista que barrió en 1907 al Partido Federal y puso al Partido Nacionalista al frente de la política filipina pudo haber sido apoyada también por la comunidad española. Al contrario que en 1905, las informaciones del cónsul español en 1907 hablaban claramente del fracaso del modelo colonial americano: “El resultado es la derrota completa del sistema de gobierno implantado por los americanos,” así como de lo factible que era la independencia: la victoria del “pueblo que quiere el “self-government”. 134  El vuelco a favor de la independencia, en definitiva, fue factible. Sólo hubiera necesitado de reajustes en el liderazgo. Los españoles podrían haber apoyado a líderes como Dominador Gómez, casado con una española, médico del Servicio de Sanidad en Cuba, a Antonio M. Regidor, que hasta regresar a Filipinas había sido ciudadano español y abogado del consulado general de España en Londres, o a muchos otros que, aun siendo filipinos, también veían ficticia esa barrera trazada por el Tratado de París. Además, también había un sector español que veía posible un futuro hispano para las Filipinas.

 

Conclusión

 
El conocimiento de la comunidad española en esos años de transición entre dos imperios facilita el entendimiento del activo papel que desempeñaron en las Filipinas del siglo XX. En primer lugar, destaca la permanencia de la importancia de los misioneros. En segundo lugar, se puede señalar que el cambio experimentado durante la segunda mitad del siglo XIX hacia un equilibrio mayor dentro de la comunidad permitió el surgimiento de un liderazgo de los grupos oligárquicos más beneficiados por el auge exportador de las islas, que supieron beneficiarse de los capitales extranjeros, tanto británicos como franceses, tal como se evidenció a través del campo de los seguros, donde trabajó inicialmente Enrique Zóbel de Ayala, o de los franceses que ayudaron a crear la CGTF. Tercero, la llegada masiva de inmigrantes aceleró el cambio de liderazgo, pero no rompió el equilibrio entre los misioneros y los capitalistas exportadores, de la misma manera que tampoco lo hizo la salida de la administración después de 1898. Cuarto, el sentimiento de sitio de los españoles dividió al resto de la sociedad entre pro y anti-española, situación que se ha mantenido hasta hace pocos años. A lo largo de este trabajo han aparecido nombres que después serían decisivos para la comunidad española en la primera mitad del siglo XX, tales como el periodista Romero Salas, los empleados de empresas británicas Osorio y Zóbel de Ayala, el presidente del Casino Soriano, o Elizalde. Todos ellos formaron parte de una sociedad especialmente cosmopolita que encontró su posición en Filipinas a través de su identidad española. También supieron mantener una fuerte unidad interna mientras se producía el cambio de régimen y mientras emergía otro tipo de liderazgo, procesos frente a los cuales mostraron renovadas energías, pero sin romper con el pasado.

 
Frente a ellos, también existieron otras voces discordantes, ya fueran los que se afiliaron al ejército insurgente o los grupos nacionalistas vascos y catalanes; y aunque la visión predominante fue la de los españoles más potentes, es necesario recordar que en Filipinas también permanecieron otros sectores españoles con muchos menos medios, para los cuales se crearon asociaciones de beneficencia.
Los objetivos de la comunidad española cambiaron al tiempo que se transformaba la situación política. En el siglo XIX, fueron básicamente corporativistas. Trataron de hacerse con un espacio mayor dentro de Filipinas, pero hubo muchas disputas entre sus componentes: algunas de carácter xenófobo, como la mantenida con los chinos; otras entre los recién llegados de la península y los insulares; entre burócratas y emprendedores; o entre religiosos y los que pudieran obstaculizar su presencia o sus propiedades. Tras la Revolución Filipina, muchos españoles retornaron y otros fueron separados legalmente, al discriminar el nuevo colonizador entre quienes habían nacido en España y los que no, incidiendo en un proceso de integración de la comunidad en la sociedad filipina. 135

 
Con el nuevo siglo, el significado de la comunidad española en Filipinas dio un vuelco definitivo. Al dejar de ser el enemigo a batir, muchos filipinos cambiaron su actitud hacia ellos, de igual forma a como lo hicieron los americanos. Así lo muestran el impacto de las narrativas sobre los resistentes de Baler o el vuelco de opinión respecto a un defensor de la colonización como Wenceslao Retana: unos y otros prefirieron observar la parte positiva de la experiencia española. Lo mismo ocurrió con muchos americanos que, frente a las visiones previas de historiadores como William Hickling Prescott o George Ticknor asegurando que España era lo opuesto a Estados Unidos, cambiaron su percepción de España en general (en buena parte, por la percepción del nuevo y joven rey Alfonso XIII como un modernizador), y pasaron a expresar frases encomiásticas. Así ocurrió con Luke E. Wright, que aseguró España había dejado en Filipinas un pueblo apto para el gobierno: “Esa grande y antigua monarquía española ha sido la única que ha sabido hacer de una raza malaya un pueblo apto para el gobierno propio”, 136  o el general Word, de quien se informó que era “completamente adicto a España, como lo demostró en Cuba, y como no se ocultó de mantenerlo en recientes escritos, donde hace justicia, con frases encomiásticas y sinceras, a la Misión civilizadora que realizó España en sus Colonia”. 137  En 1906, la entrega de un escudo de España al Consulado General acabó con las frases: “Viva América, Viva el ejército Americano, Viva Roosevelt, Viva España, Viva el rey”. 138

 
Los ejemplos de los residentes españoles en Cuba, que según Klein, “largely won the peace, despite occasional setbacks”, 139 o en Puerto Rico, donde su tenacidad abrazando el pasado español y defendiendo la mezcla de razas y culturas tan despreciada por los americanos llevó a que los americanos reconsideran su esfuerzo por borrar la historia local, 140  se pueden equiparar a los esfuerzos de la comunidad española en Filipinas, donde su liderazgo, propuestas e impacto también tuvieron una repercusión importante, una vez liberados del corsé colonial.

 

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1 “Mala francesa,” Guía Oficial de Filipinas. 1890 [en adelante, Guía Oficial 1890], Manila, Chofre, 1890, pp. 349-351. En 1907, una carta también llegaba en un tiempo similar, entre 30 y 35 días, tardanza media de un viaje en barco, aunque comenzaba a vislumbrarse las ventajas del Transiberiano, que podría reducir el envío a dos semanas. Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación (AMAEC), H-1953. Arturo Baldasano a Ministro de Estado, Manila. 17/VII/1907.

2 Michael Cullinane, “«Sa panahon ni Mampor» El fin del dominio español en Cebú: La memoria residual en un pasado mayormente olvidado”, en Revista Española del Pacífico, Año VIII, 9, 1998, pp. 124-125.
3 Guía oficial 1890, pp. 47-51.
4 Ver listado de corporaciones religiosas, Guía oficial 1896, pp. 280-293, en Alicia Castellanos, “Los dominicos en el contexto anticlerical de la Revolución de Filipinas”, en Barrado Barquilla, José, ed., Los dominicos en Hispanoamérica y Filipinas a raíz de la guerra de 1898. Los Dominicos en Hispanoamérica y Filipinas a raíz de la guerra de 1898. Actas del VI Congreso Internacional, Salamanca, San Esteban, 2001, p. 242.

5 Martín Rodrigo, “Intereses empresariales españoles en Filipinas. La reconquista económica del archipiélago durante la Restauración” en Mª Dolores Elizalde Pérez-Grueso, ed., Las Relaciones entre España y Filipinas. Siglos XVI-XX, Madrid-Barcelona, Casa Asia-CSIC, 2002, p. 219.
6 Guía Oficial 1896, pp. 83-262.
7 Vince Boudreau, “Methods of Dominion and Modes of Resistance: The U.S. Colonial State and Philippine Mobilization in Comparative perspective”, Julian Go and Anne L. Foster, eds., The American Colonial State in the Philippines. Global Perspective. Manila, Anvil, 2005, pp. 271.
8 Martín Rodrigo, “Acerca de las Relaciones económicas entre Cataluña y Filipinas tras la apertura del canal de Suez”, en Mª Dolores Elizalde, Josep Mª Fradera y Luis Alonso, eds., Imperios y Naciones en el Pacífico, Madrid, CSIC, 2001, vol. I, pp. 543-544, 554; Josep M. Delgado, “Menos se perdió en Cuba. La dimensión asiática del 98, en Illes i Imperis, Vol. 2, 1999, p. 59; Josep M. Delgado, “Bajo dos banderas (1881-1910). Sobre cómo sobrevivió la Compañía General de Tabacos de Filipinas al desastre de 1898,” en C. Naranjo, M.A. Puig-Samper y L.M. García Mora, eds., La Nación Soñada. Cuba, Puerto Rico y Filipinas ante el 98, Madrid, Doce Calles, 1996, p. 294.Wigan Salazar califica las tarifas a los bienes de algodón baratos como “prohibitivas,” German Economic Involvement in the Philippines, 1871-1918. Ph. Diss. School of Oriental and Asian Studies, University of London, 2000, p. 37.

9 Martín Rodrigo, “La línea de vapores-correo España-Filipinas, (1879-1905),” en Cuadernos de Historia, Vols. 2-3, 1998, pp. 137-38.
10 Delgado, “Bajo dos banderas”, pp. 300-301.
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14 Richard T. Chu, Chinese and Chinese Mestizos of Manila: family, identity and culture, 1870-1925, Leiden-Boston, Brill, 2010, p. 59.
15 Powell, Op. Cit., VI, p. 36.
16 Presidente, R. Ricafort, Secretario, J.TH. Reynolds. Guía Oficial 1896, p. 221-a.

17 Powell, Op. Cit., 1981, I, p. 18; Situado en Nagtajan, P. San Gabriel, tenía “restaurant, biblioteca, billares, lawn tennis y juego de bolos. El club de botes dependía de esta sociedad. Guía Oficial 1896, p. 221-a
18 The German Club- Manila 1906-1986. A History of the German Community in the Philippines, Manila, The German Club, 1986, pp. 15-16. La Guía Oficial 1896 lo sitúa en San Miguel, calle General Solano, con O. Fr. Von Mollendorf como presidente y E. Stulz como secretario.
19 Llorden, Op. Cit., p. 524.
20 Guía Oficial de 1890, p. 339 y 1896, p. 347.
21 Juan José Toral, El sitio de Manila (1898): memorias de un voluntario, Manila, Partier, 1898, p 29.

22 Agnus L Campbell. The Manila Club. A Social History of the British in Manila, St. Paul’s Press, 1983, p. 60; Manuel Sastrón, La insurrección en Filipinas y la Guerra hispano-norteamericana en el Archipiélago, Vol. 1., Madrid, Minuesa de los Ríos, 1897, p. 443.
23 Llorden, Op. Cit., p. 525. El “magnífico local lujosamente amueblado” (Guía Oficial 1896, p. 220) constaba de “salón principal, biblioteca, restaurant, billares, salas de juego y gimnasio.” Las Guías Oficiales de 1890 y 1896 y el Rosenstock’s Directory, Manila, The Bulletin Publishing, 1912, lo situaban en el Pasaje de Pérez, 12, Tomas Pimpin. En la Guía Oficial 1890, el Casino Español sólo constaba como abonado telefónico (p. 381), mientras que la Guía Oficial de 1896, indicaba que su presidente era Luis de la Puente y los secretarios eran José Conde y Daniel Grifol. (p. 220).
24 Presidente, Joaquín Sta. Marina, y Secretario, Modesto Cortabitarte, en Guía Oficial 1896, p. 221.
25 Todos los miembros de la Junta Directiva aparecían con apellidos aparentemente británicos.
26 Guía Oficial 1896, pp. 220-221.
27 Su Junta Directiva en 1890: Francisco Godínez (presidente, con licencia en la península); Gonzalo Tuason (vicepresidente), Manuel Franco (contador); José María Echeita (Tesorero), Francisco de P. Rodoreda (secretario general) y Albino Goyenechea, Venancio Balbás, Salvador Chofré, Anacleto del Rosario, Alfredo Chaquert y Vicente de la Torre (vocales). Guía Oficial 1890, p. 341.; en Guía Oficial 1896, Echeita

28 Guía Oficial 1896, pp. 534-535.
29 Guía Oficial 1896, p. 220-a. La presentación aseguraba que ofrecían una velada mensual privada y tres públicas al año. Presidente, Ángel Avilés; secretario, Juan Caballero.
30 Mariano Estornés Lasa, “Filipinas. Actividad mercantil vasca”, en AEE. Auñamendi Eusko Entziklopedia. Eusko Ikaskuntza. Sociedad de Estudios Vascos.
http://www.euskomedia.org/aunamendi/65575/36292?q=filipinas&partialfields=fondo%3Aau%25F1amendi&numreg=1&start=0 [accedido, 14/XI/2010] Agradezco a Alexander Ugalde la amabilidad de enviarme esta información.

31 J. Corcuera, Orígenes,ideología y organización del nacionalismo vasco (1876-1904), Madrid, Siglo XXI, 1979, pp. 433-434, cit. En Alexander Ugalde Zubiri, La acción exterior del nacionalismo vasco (1890-1939): historia, pensamiento y relaciones internacionales, Oñati, Instituto Vasco de Administración Pública-Herri Arduralaritzaren Euskal Erakundea (IVAP-HAEE), 1996, pp. 433-434.

32 Feced, P., Quioquiap, Filipinas. Esbozos y pinceladas. Manila: Ramírez y Compañía, 1886, p. 82.
33 Benedict Anderson, Imagined communities. Reflections on the origin and spread of Nationalism, London-New York, Verso, 1996, p. 136.

34 Ann L. Stoler, “Sexual Affronts and Racial Frontiers,” en F. Cooper y A. L. Stoler y Cooper, eds., Tensions of Empire. Colonial Cultures in a Bourgeois World. Berkeley, Los Angeles, London: University of California Press, 1997, pp. 214-215.
35 E. Sánchez de Arrojo. El padre Mabuti, Madrid, Cleto Vallinas, [1915], p. 17.
36 Manuel Sityar, Rebolusyong Filipino: Memorias íntimas. Quezon City: Sentro ng Wikang Filipino, University of the Philippines.
37 Richard T. Chu, “Catholic, Sangley, Mestizo, Spaniard, Filipino: Negotiating “Chinese” Identities at the Turn-of-the-Century Manila”, en Asis, Maruja M.B., ed., The Philippines as home: settlers and sojourners in the country, Quezon City, PSSC, 2001, pp. 45-81. Jensen, Irene K. K. M., The Chinese in the Philippines during the American regime, 1898-1946. San Francisco, R. and E. Research Associates, 1946, p. 96. E. Wickberg, “The Chinese Mestizo in Philippine History”, The Journal Southeast Asian History, Vol. 5, 1, March 1964, Reprinted: East Asian Series, Reprint N. 10. International Studies Center for East Asian Studies. The University of Kansas, pp. 94-95.
38 Los temores provocados por los japoneses aumentaron en intensidad según avanzaba el siglo. En especial, a raíz de 1895, cuando España y Japón pasaron a ser fronterizos a raíz de la victoria nipona sobre China en la guerra que acabó ese año, puesto que al recibir la isla de Taiwán como compensación, los nipones tenían motivos adicionales para mirar hacia el sur con renovadas ambiciones imperiales. El temor a los japoneses, sin embargo, fue sobre todo producto de temores con poca justificación, porque los residentes oficiales fueron muy pocos (residían apenas 35 japoneses en Filipinas cuando se abrió el Consulado en 1888 y el número había caído a siete en 1893, por lo que se cerró, para volverse a abrir en 1896), y los planes asianistas nunca se pusieron en marcha, ni siquiera al estallar en 1896 la Revolución contra España. Véase al respecto los artículos incluidos en el número 5 de la Revista Española ***de Estudios -quitar, nombre incorrecto tras inserción por editora** del Pacífico, 1995, por Mª Dolores Elizalde, “Japón y el sistema colonial de España en el Pacífico”, pp. 43-78, Belén Pozuelo “Las relaciones hispano-japonesas en la era del nuevo imperialismo, 1885-1898”, pp. 79-106, y Agustín Rodríguez, “España y Japón ante la crisis de Extremo Oriente en 1895″, pp. 107-127.
39 Refiriéndose a los serios análisis que provocaba cualquier hecho relacionado con Japón, Agustín Rodríguez, “El peligro amarillo en el Pacífico español 1880-1898,” en F. Rodao, coord.., España y el Pacífico, Madrid, AECI, 1989, p. 220.

40 Rodríguez González, “El peligro amarillo”, p. 211.
41 Florentino Rodao, Españoles en Siam, Una contribución al estudio de la presencia española en Asia Oriental, 1540-1939, Madrid, CSIC, 1997, p. 128.
42 Ramón Blanco, Memoria que al senado dirige el general Blanco acerca de los últimos sucesos en la Isla de Luzón, Madrid, Establecimiento tipográfico de “El Liberal,” 1897, p. 89. Toral se refiere a rumores asegurando que “importantes casas, como las compañías de Tabacos y Marítima, Inchausti, Banco Español Filipino, Casino, etc.,” estudian cómo facilitar “todo género de recursos,” Op. Cit., p. 32.
43 Aunque las cifras conocidas son escasas, al menos entre los misioneros, se cree que hubo 36 peninsulares asesinados y otros 300 arrestados, entre los que se encontrarían un franciscano muerto y ochenta detenidos, algunos de los cuales sufrieron tortura. En Santiago V. Alvarez, Recalling the Revolution. Memoirs of a Filipino General. Trans. Paula Carolina S. Malay, Madison, University of Wisconsin, Center for Southeast Asian Studies, 1992, p. 268. Artemio Ricarte, Memoirs of General Ricarte, Manila, National Historical Institute, 1992, p. 75. Sobre los misioneros, Cayetano Sánchez Fuertes, “The Franciscans and the Philippine Revolution in Central Luzon,” en Rodao y Rodriguez, eds., Op. Cit., pp. 198-199. Para los religiosos agustinos, Teófilo Aparicio López, La persecución religiosa y la Orden de S. Agustín en la independencia de Filipinas, Valladolid, Estudio Agustiniano, 1973. Ejemplos de atrocidades cometidas por el ejército español en Reynaldo C. Ileto, Filipinos and their Revolution. Event, Discourse, and Historiography. Manila, Ateneo de Manila University Press, 1998, pp. 91-92, 105-106. Ver también Isacio Rodríguez, OSA, y Jesús Álvarez Fernández, OSA, La Revolución Hispano-Filipina en la Prensa: Diario de Manila y Heraldo de Madrid, Madrid, AECI, 1998, vol. I, p. 211.
44 Manuel Sastrón, Op. Cit., p. 447.

45 Santiago V. Alvarez, Op. Cit., p. 80.
46 Fernando Primo de Rivera, Memoria del Senado por el Capitán General D. Fernando Primo de Rivera y Sobremonte acerca de su gestión en Filipinas,” Madrid, Depósito de la Guerra, 1898, pp. 76, 119. Primo de Rivera no lo especifica, pero la práctica del ejército español era de emplear unos grupos lingüísticos contra otros, y resulta probable que se utilizaran soldados pampangos, los famosos macabebes, ver al respecto Alfred McCoy, “The colonial origins of Philippine Military Traditions”, en F. Rodao & F. N. Rodriguez, eds., Ordinary Lives in Extraordinary Times, Quezon City, Ateneo de Manila, 2001, p. 98.
47 Juan José Toral , El sitio de Manila (1898) : memorias de un voluntario, Manila, Partier, 1898, p. 20.
48 Rodrigo, “La línea de vapores…”, p. 142.

49 Delgado, “Comerciando en tiempo…”, pp. 10-12.
50 Ibíd., p. 12. “De Filipinas. Ultimas noticias,” El Heraldo de Madrid, 13/V/1898, en Rodríguez y Álvarez, Op. Cit., IV, pp. 1450-1452.
51 Ibíd.., p. 14.”Los sucesos actuales,” Diario de Manila, 10/IX/1896, en Rodriguez y Álvarez, Op. Cit, vol. I, p. 183. César A. Hidalgo, “The Batanes Quest for Freedom. The Ivatan Revolts and Revolution” en Elmer A. Ordoñez, ed., The Philippine Revolution and Beyond, vol. II, Manila, Philippine Centennial Commission, NCCA, 1998, p. 588.
52 Se criticó, por ejemplo, al general Augustín por enviar a su familia a Pampanga “huyendo de un peligro real, aquí donde hay tantas mujeres y tantos niños que no pueden hacer lo mismo”, Toral, Op. Cit., p. 52. La transliteración de las memorias del general Augustín en http://general-augustin.webcindario.com/index.html
53 Sastrón, Op. Cit., p. 443; Toral, Op. Cit., p. 28.

54 La comisión liquidadora especial para el cuidado de los prisioneros, a cargo del general Jaramillo, quedó finiquitada en junio de 1900, asegurando que ya quedaban muy pocos AMAEC-H-1953. Ministro de Guerra a Ministro de Estado, Madrid, 28/VI/1900, transmitido por subsecretario Juan Muñoz y Vargas al cónsul Marinas, Madrid, 1/VI/1900.
55 La documentación del consulado está dispersa y carece de un recuento formal del impacto del conflicto. Marinas era cónsul de primera clase y en 1900 fue ascendido a cónsul general. Para más información del diplomático. G.J. Cabrera Déniz, “Luis Marinas, primer cónsul español en Manila,” en http://www.americanistas.es/biblo/textos/08/08-052.pdf, pp. 761. [5/XI/2010].

56 Glenn A. May, Battle for Batangas. A Philippine Province at War, New Haven & London, Yale University Press, 1991, pp. 118-120.
57 Idem.
58 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 14/III/1900; Evelyn C. Soriano, Tomas and Ludovico Arrejola. Bicolano Revolutionaries., Manila, NCCA, 1999, pp. 23-24.
59 Alfred W. McCoy, Ylo-ilo: Factional conflict in a colonial economy. Ilo-ilo Province, Philippines, 1937-1955. PhD. Yale University Press, 1977, vol. I, p. 97-98. Primo de Rivera cifra en 21.000 soldados, “entre locales y movilizados,” Op. Cit., p. 118.
60 Violeta López-Gonzaga y Michelle Decena, “Negros in Transition: 1899-1905”, en Philippine Studies 38, 1990, p. 106. En Bacolod, la guarnición era de 200 soldados. McCoy, Ylo-ilo…, p. 100.

61 Ibíd, p. 101.
62 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 14/III/1900.
63 Idem. AGUILAR, Filomeno V., Jr., Clash of Spirits. The History of Power and Sugar Planter Hegemony on a Visayan Island. Honolulu, University of Hawai’i Press, 1998, p. 181.
64 Aguilar se refiere a un mestizo español hacendero, Jose de la Viña, que Papa Isio lo consideraba “hermano mío en la sangre”, quien tras ser detenido se convirtió en un americanista, Op. Cit., pp. 183-184. López-Gonzaga y Decena se refieren a “un puñado de mestizos españoles […] que permanecieron “tenazmente leales a España,” mencionando la detención de Remigio Montilla o Tio Mioy. art.cit., p. 109.
65 La familia Escaño también perdió un miembro luchando en la Guerra Civil española. AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 7/V/1900.
66 El cónsul ofrece el nombre “Saturno”, pero está equivocado. AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 24/IX/1899.

67 Carlos Madrid Álvarez-Piñer, El sitio de Baler y la transmisión de percepciones sobre Filipinas en España. Tesis Doctoral, UCM, 2009, p. 160.
68 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 16/III/1901.
69 AMAEC-H-1953. 22/I/1901. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 22/I/1901. Curiosamente, había otro español llamado así en esos días en Manila, el sacerdote jesuita Manuel Peypoch Solá, que había llegado en 1896, enseñó durante dos décadas en Ateneo de Manila y regresó, muriendo al estallar la guerra civil española. Miguel A Bernad. S.J. “Father Manuel Peypoch, S.J.”, Philippine Studies, 44, 3, 1996, pp. 392-411.
70 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 20/X/1899.
71 May, Op. Cit., p. 118.
72 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 7/V/1900.
73 Idem.
74 AMAEC-H-1953. Buencamino a Cónsul de España, Tarlak [sic], 9/VIII/1899. Para su situación durante el período español, ver Ruby. R. Paredes, The Partido Federal, 1900-1907: Political Collaboration in Colonial

75 La entrevista no pudo ser publicada, pero José María Romero Salas le informó directamente al cónsul Marinas. AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 23/X/1900.
76 Ibid.
77 Ibíd.

78 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 22/I/1901.
79 Mensaje al Presidente del Consejo de Ministros, 4/VIII/1897, cit. En Primo de Rivera, F., Memoria del Senado por el Capitán General D. Fernando Primo de Rivera y Sobremonte acerca de su gestión en Filipinas,” Madrid, Depósito de la Guerra, 1898, p. 122; también ALVAREZ, op. cit., pp. 223-25.
80 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 31/VII/1900.

81 Rene R. Escalante, The Bearer of Pax Americana: The Philippine Career of William H. Taft, 1900-1903, Quezon City, New Day, 2007, pp. 76-77.
82 Idem. Sobre las reticencias americanas hacia Paterno y su interés por promover un Protectorado que ya había sido descalificado por ello (a lo que no se refiere el cónsul), Paredes, Op. Cit., pp. 213-214.
83 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 31/VII/1900.
84 Idem.

85 Sobre el caso de de José Robles Lahesa, que hubo de jurar la constitución americana para adquirir la ciudadanía Filipina y poder ejercer la abogacía AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila. 22/IX/1899.

86 UNITED STATES. BUREAU OF THE CENSUS. Census of the Philippine Islands. 1903. Washington,: Gov’t print. off., 1904-1905. Vol II. Population.
87 AMAE-H-1953. Arturo Baldasano a Ministro de Estado, Manila, 29/X/1906.

88 Entre 1901 y 1911, viajaron a Filipinas desde España 5.666 pasajeros y 5.296 en dirección contraria, mientras que en la tercera década del siglo, entre 1921 y 1926, esas cifras casi se igualaron, 3853 viajando a Filipinas y 3.746 en la dirección contraria.
40
45
50
55
60
65
70
75
80
85
“White Spanish”
“White German”
British
Americans
Rest of “white”
“mixed Spanish”
“White Filipino”
“Mixed Filipino”
Proporción de varones con estudios primarios acabados en comunidades minoritarias (Censo de 1903)

89 Powell, Op. Cit, p. 41.
90 Las cifras del comercio son un testimonio de la pujanza de las empresas españolas, porque los 11140.881 P en 1898, subieron a 21917.546 en 1902, la cifra más alta, que de alguna forma se supo mantener durante unos años, y en 1907 ascendía a 11913.804P. Véase Delgado, “Bajo dos banderas…”, p. 295.
91 Montserrat Llonch, Tesis Doctoral, cit. En Rodrigo, “Intereses empresariales…”, p. 219.

92 Idem.
93 Delgado, “Bajo dos banderas…”, pp. 296-297.
94 Emili Giralt Raventós, La Compañía General de Tabacos de Filipinas, 1881-1981, Barcelona, Compañía General de Tabacos de Filipinas, 1981, pp. 126 y 146-148. Ver también Peter W. Stanley, A Nation in the making. The Philippines and the United States, 1899-1921, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1974, p. 193.
95 Leonard F. Giesecke, History of American Economic Policy in the Philippines during the American Colonial Period, 1900-1935, New York, Garland Publishers, p. 156.
96 Se puede ver una lista completa en Rodrigo, “La línea de vapores…”, pp. 147-48.

97´“Inconvenientes y ventajas de la supresión de la Línea de Filipinas y su repercusión sobre el costo total de los demás servicios”, [1905], Fundación Antonio Maura, cit. En Rodrigo, “La línea de vapores…”, p. 149.
98 “y nuestros comerciantes, hoy por hoy, son los que representan más capital en el país” 19/III/1906. Camilo Bargiela a Ministro de Estados, Manila,. AMAE-H-1953.
99 John T. MacLeod , por ejemplo, fue nombrado miembro honorario del Casino Español y recibió la Gran Cruz de la Reina Isabel en 1899. Powell, Op. Cit., II, p. 45.
100 Powell, Op. Cit., II, p. 45; Giesecke, Op. Cit., p. 113.
101 Powell, Op. Cit. IV, pp. 39, 80.
102 De los 13 agentes de seguros listados en las Guía Oficial de Filipinas de 1890 y 1896, todos tienen nombres anglosajones con la excepción de Tuason y Cª, p. 406 y 207-a.

103 Rosenstock’s City Directory of Manila, 1906, p. 358.
104 Powell, Op. Cit., VI, p. 53.
105 Rosenstock’s, Op. Cit., 1912, p. 358.
106 Powell, Op. Cit., IV, p. 81.

107 Rosenstock’s, Op. Cit. 1912, p. 361
108 AMAEC-H-1953. Rivero a Ministro de Estado, Manila, 29/VIII/1902.
109 AMAEC-H-1953. Rivero a Ministro de Estado, Manila, 2/V/1903.

110 Los Dominicos, pasaron de 233 en 1898, a 126 en 1/XII/1902 y a 83 en 1/XII/1903. Los Recoletos, 327, 76 y 63, respectivamente. Los Agustinos, 346, 111 y 67, los Franciscanos, 107, 66 y 46 y los jesuitas, 267, 100 (en 1902, sin especificar mes, además de uno no-español) y 119 (con tres no-españoles). John Schumacher, SJ, Readings in Philippine Church History. Quezon City, Loyola School of Theology. Ateneo de Manila University, 1987, pp. 331, 322-323.
111 Rolando S. Dela Goza, CM & CAVANNA, Jesus. M. CM, Vincentians in the Philippines 1862-1982, Manila, Congregación de la Misión en Filipinas, 1985, pp. 244, 246 y 259.
112 AMAEC-H-1907. Arturo Baldasano a Ministro de Estado, Manila, 4/VI/1907.

113 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 31/VII/1900.
114 Estatuts del Orfeó Catalá de Manila, s.f. Biblioteca de l’Orfeó Catalá. Agradezco a Laura Espert la colaboración ofrecida.
115 AMAEC-H-1907. Arturo Baldasano a Ministro de Estado, Manila, 4/VI/1907. “Des de Manila,” por P.M., en Revista Musical Catalana, 16/I/1916. Ver también William G. Clarence-Smith, “The Impact of 1898 in Spanish Trade and Investment in the Philippines”, en Charles Macdonald, ed., Old ties and new solidarities: Studies on Philippine communities, Manila, Ateneo de Manila University Press, p. 240.
116 AMAEC-H-1953. 1/III/1904. Solicitud al gobierno de 26/II/1904.

117 “Por el espíritu de libertad”, por “Un Filipino,” Euskalduna, núm. 155, 13 de agosto de 1899, cit. por Ugalde, Op. Cit. p. 189. Agradezco a Xosé M. Núñez Seixas la información.
118 Ugalde, Ibíd.., pp. 185-189.
119 Marinas informó también que la conmemoración de la independencia de Estados Unidos registró escaso entusiasmo, “el pueblo acogió con la mayor frialdad.” AMAEC-H-1953. Marinas a Ministro de Estado, Manila, 18/VII/1902.

120 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 18/X/1900.
121 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 5/VII/1901.
122 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 9/XI/1900.
123 AMAEC-H-1953. Emilio de Perera a Ministro de Estado, Manila, 18/II/1904.
124 AMAEC-H-1953. Nicolás Mª Rivero a Ministro de Estado, Manila, 2/XII/1902.

125 Bonifacio S. Salamanca, The Filipino Reaction to American Rule, 1901-1913, New Day, Quezon City, 1984, p. 212.
126 AMAEC-H-1953. Baldasano a Ministro de Estado, Manila, 8/VII/1907.
127 Michel Cullinane, Ilustrado Politics. Philippine Responses to American Rule, 1898-1908. Quezon City, Ateneo de Manila University Press, 2003, p. 75.
128 Victor Buencamino et.al., Recollections of the American Empire, Manila, Historical Conservation Society, 1973, p. 72.
129 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 18/II/1901.

130 Paredes, Op. Cit. pp. 320-321.
131 AMAEC-H-1953. Luis Marinas a Ministro de Estado, Manila, 15/IV/1901.
132 Cullinane, Op. Cit., p. 76-77.
133 Agradezco la información provista por Michael Cullinane, Correo personal, 5/XI/2010.

134 AMAEC-H-1953. Baldasano a Ministro de Estado, Manila, 3/VIII/1907.

135 Según Richard T. Chu ese fue un proceso parecido a la homogenización de chinos y filipinos, ocurrida en la segunda década del siglo, tras un proceso de filipinización, la caída del imperio chino y las perspectivas de independencia a raíz de la puesta en marcha de la Asamblea Filipina en 1907. En Chu, “Catholics, sangleyes…”, p. 72.
136 En una entrega de llaves organizada por las Cámaras de Comercio, aseguraba “Al entrar en el domicilio de un español o filipino, las primeras palabras que uno oye son “Está usted en su casa”. Si los norteamericanos tenemos que enseñar algo a los españoles no será ciertamente ni cortesía ni hospitalidad Camilo Parguilla, Vice-Consul, a Ministro de Estado, Manila, 31/VIII/1905. AMAE-H-1953.
137 AMAEC-H-1953. Camilo Bargiela a Ministro de Estado, Manila, 2/II/1906.
138 Idem. El Mercantil, anexo a 1/II/1906.

139 John-Marshall Klein, Spaniards and the Politics of Memory in Cuba, 1898-1934, Pd. Diss, The University of Texas at Austin, 2002, p. 7.
140 Christopher Schmidt-Nowara, “From Columbus to Ponce de Leon. Puerto Rican Commemorations between Empires, 1893-1908,”, en Francisco Scarano y Alfred W. McCoy, eds., Colonial Crucible, Empire in the Making of the Modern American Empire, Madison, University of Wisconsin Press, 2009, p. 237.

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